domingo, 15 de enero de 2017

A AQUEL VIEJO SARMIENTO



Siendo roble,  
                                                                                                           

te convertiste en sarmiento,

y hoy el manto que te cubre

evoca tu ilustre linaje.

Añoro tu porte de árbol bien crecido,

tu copa poblada de inteligencia,

tus ramas que me acariciaban

y me guiaban entre  las hojas.

Esparciste tus semillas

creando nuevos vástagos,

que a su vez, germinaron de nuevo

brotando como hiedra a tu alrededor.

Añoro tu sabiduría y paciencia.

Esa seguridad disfrazada de prudencia.

Aquella timidez camuflada en el despiste.

La dulzura escondida en tu corteza oscura.

Creciste y nos hiciste crecer

esquejes de tu forma de vida

siguiendo tu camino, sin recovecos,

ni rincones que nos apartaran de él.

Pero el tiempo pasó,

 tus raíces se secaron.
 
Tus hojas volaron con el viento del último otoño.

Las ramas se han quebrado, y tu tronco

otrora erguido y majestuoso,

se ha doblado ante el anuncio del inminente invierno.

 Sé que todo es pasajero,

y te vas, como todos nos iremos.

 Pero mientras la savia de tus venas

siga circulando en nosotros,

entre nuestros recuerdos,

y sigamos siendo acariciados

 
por esa brisa de primavera
 
 
que nos traerá brotes nuevos

 
crecidos de tus profundas raíces,

mientras tanto, Papá, seguirás con nosotros.

 Porque, por encima de todo,

tú no te has ido y además

PAPÁ  ¡Te quiero!

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