martes, 24 de abril de 2012

SERPIENTES


Aún no me he recuperado, quizás sea mi fortaleza, a la cual todavía me siento ajena. ¿Cómo puede un ser humano ser más fuerte de lo que realmente la naturaleza le ha dotado? No lo sé. Es posible que algún día consiga descifrar este misterio. Me miro y cada vez lo comprendo menos.

¡Ay, cuanta serpiente nos acecha en el camino! Culebrea, se para y vuelve a zigzaguear, esperando el instante adecuado para asaltarnos e inocular su veneno en nuestro alma.

Creo que estoy desvariando. Me duele la cabeza. Será de tanto pensar, de tanto reflexionar…

Ahí está otra vez la serpiente. Ha encontrado nueva presa. Y pensar que a Cleopatra la mató una similar. ¿Un áspid o una cobra? Qué más da, a fin de cuentas ya está muerta. Siempre me he preguntado qué pasaría con el ofidio después ¿moriría también? Debería…

Principios, moral, ética… ¿por qué las víboras no tienen principios?  No pienso en los reptiles, por supuesto ¿o sí? Realmente me importa poco, cada vez encuentro menos diferencias entre esas sierpes de aspecto majestuoso y a la vez rastrero, y las respetables víboras bípedas que clavan su veneno sin necesidad de morder, en la distancia.

Viene hacia mí. Debo echar a correr. Creo que mejor me quedaré quieta, total estoy acostumbrada a lidiar con estas especies.

Cielos de nubes inmensas de borrascas, gigantescas, regias como castillos. ¿Habrá anacondas en las nubes? Pudiera ser. Si las nubes se forman de agua evaporada de los mares y ríos… ¿Quién me asegura a mí que en Brasil no pueden llover esas bestias del cielo? Pensándolo mejor, creo que esas bestias pueden llover en cualquier parte, al menos tienen plagado el planeta. No solo en Brasil, o en India, o en California.

Aquí, aquí, al ladito mío. No hablo de esa bicha que acaba de pasar de largo zigzagueando, rozándome los pies. Animalito. Hablo de esa que murmura a mis espaldas mientras me sonríe cuando estoy a su lado. O esa otra que me jura amistad eterna y no descuelga el teléfono cuándo la llamo. O tal vez aquella, a la que un día ofrecí dinero porque no tenía ni para comer y luego supe que organizó una gran fiesta para sus amigos.

Odio  a esos reptiles, babosos y arrastrados, que mudan la piel cuándo ya no les sirve para nada.


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