Al borde del abismo, con profunda tristeza y exánime, contemplo donde reposan los restos de tu miserable existencia. No me resulta extraño tu prematuro final, al contrario, podría decirse que lo estaba esperando. Tu propio destino y el mío, si así quieres entenderlo, andaban ligados desde su origen. Predestinados a su propia aniquilación, a su autodestrucción, dependían simplemente de un paso en falso, un error que uno de los dos debía cometer. Nuestro rumbo estaba trazado de antemano. No éramos libres ninguno para poder decidir hacia donde encauzar nuestras vidas, pero yo al menos lo intenté. Traté, en vano, de conseguir que nuestra ventura no fuera producto de la casualidad o el destino. Procuré que nuestros caminos, pese a discurrir al unísono, tomaran su propia dirección, modificando su rumbo si la eventualidad así lo requería. De nada sirvió. Observo, desde la lejanía que me provoca tu borrosa visión, tus vagos recuerdos y en ocasiones tus ofensivas palabras, que nada es...
Jose, abrir el candado de esa prisión es lo más difícil del mundo, cuando se siente uno desolado por la soledad,..., pero no es ni imposible, ni extraordinario.
ResponderEliminarTriste y bonito poema.